Después de esta realidad con la que coexistimos, resulta inútil intentar trasmitir o sentir nada que no esté íntimamente relacionado con una exacerbada felicidad por la soberanía futbolística de la selección española. De hecho, el entusiasmo se propaga por nuestras calles, inundando bares y salones, hasta convertir a los paganos en la religión del fútbol o a los extranjeros en auténticos hinchas de la selección roja y gualda. Increíble pero cierto.
Este pasado fin de semana un heterogéneo grupo de personas llegó a España para celebrar una fiesta en lo que fuere un prometedor fin de semana de verano en la Ciudad Condal. Y así fue. Hormonas, calor y alcohol fueron los ingredientes principales y se articulaban alrededor de conversaciones fatuas tales como: la inminente victoria de España en la final de la Eurocopa. Bueno, hubo quien vaticinó el resultado, si no recuerdo mal.
Como decía la canción, ‘cuando llega el calor, los chicos se enamoran…’ y florecen las relaciones caducas, de verano. Como en cualquier reunión, hubo flirteos, líos y promesas seguidos de cotilleos varios. Entre los efluvios del alcohol se iban repitiendo las escenas que habitan en nuestros recuerdos. ¿Acaso somos siempre tan previsibles o es solo cuestión de sexo?
En cuestiones del amor, ¿seguimos teniendo tres meses de vacaciones de verano? ¿Tras innumerables relaciones esporádicas, de verano y de invierno, de larga y de corta distancia, somos capaces de aprender la lección o seguimos tropezando siempre con la misma piedra?




