viernes, 29 de agosto de 2008

Lustrosísimo!

Michael Joseph Jackson cumple hoy cincuenta años. Bautizado por los medios como el Rey del Pop, Michael debutó en los escenarios por primera vez de la mano de sus hermanos con los que ahora mantiene una distante y prácticamente inexistente relación. Convertido en un indiscutible icono de la música moderna, sus canciones y videoclips en solitario detonaron nuevas tendencias en el mundo musical y alumbraron coreografías y estilismos que perduran en nuestra memoria y en las calles. ¡¡Feliz cumpleaños Michael!!

Paranoico solitario y fetichista, sus innumerables operaciones le desfiguraron un rostro negro cuya fragilidad de búcaro y belleza de ébano enloqueció a sus fans durante años. Sus excentricidades le condujeron por el sendero de la ambigüedad donde aún hoy se debate su inocencia de dos acusaciones de pederastia de las que fue absuelto mientras, sumido en las deudas, vive en la famosérrima Neverland.

Hay personas que poseen una llave que les permite acceder al baúl donde residen nuestras olvidadas emociones. Una mirada basta para hacernos vibrar y si osan articular palabra, cataratas salen incontroladas como un exabrupto. En mi caso, canciones como Billie Jean, Smooth Criminal, Thriller y otras tantas que componen su vasta discografía consiguen transportarme hacia mi tierna juventud despertándome de nuevo una admiración que me sube por el esófago hasta la garganta mientras las palabras brotan en mis labios siguiendo unos compases imposibles.

¿Podrá salir Michael Jackson de su propia cárcel? ¿Volverá algún día el Beethoven de nuestra era a sorprendernos como hiciera otrora? ¿Se necesita un funesto destino como el de Freddie para volver a coronarse con laureles y no con espinas?



miércoles, 27 de agosto de 2008

Image-narium

Agresivos perfeccionistas en el trabajo, sagaces detallistas con los amigos y seductores narcisistas en la cama, los hombres y mujeres de hoy nos hemos convertido en poliedros expertos en camuflaje. Se dice que una imagen vale más que mil palabras y, ciertamente, en esta era de comunicación en la que coexistimos, nuestra imagen ha cobrado una importancia cabal si bien, me inclino a pensar, pocas veces sabemos cuál es el espejo que refleja nuestro verdadero retrato de un camaleón aturdido.

El temor al rechazo, la timidez o la presión de un entorno perverso nos obligan en diversas circunstancias a aplicar una gruesa capa de maquillaje que atenúe algunas de nuestras cualidades que nos definen. Dictadores de la personalidad, consiguen robar parte de nuestra esencia mientras nos cuestionamos nuestra auténtica identidad dejando una huella indeleble en nuestra autoestima. Como maestros del disfraz, éstos se esconden bajo el manto de una conservadora familia, de un amigo ayatolá o de un trabajo ‘serio’ pero todos ellos perseveran en el intento de desdibujarnos difuminando algunos de nuestros rasgos físicos o psíquicos indistintamente. No desistáis en vuestra lucha en aras de un yo más vuestro, el éxito es la verdadera libertad.

¿Cómo luchar contra tan sibilino enemigo? ¿Hasta dónde hay que perfilar rasgos? ¿Si bien resulta complejo saber quién somos, podemos decir claramente quién no somos? ¿Dónde está el límite entre fantasía y realidad?

lunes, 25 de agosto de 2008

A league of their own!

En el número de Septiembre 2008 de la prestigiosa revista Vanity Fair aparece un extenso reportaje sobre los iconos de la belleza que marcaron la última década del siglo XX. Seis mujeres cuyos nombres generaban millones de beneficios, cuyas facciones eran adoradas y cuyos nombres se marcaron de forma indeleble en la historia. Stephanie Seymour, Naomi Campbell, Claudia Schiffer, Linda Evangelista, Christy Turlington y Cindy Crawford aparecen fotografiadas por el célebre Mario Testino mostrando su incuestionable belleza pasada la treintena. Se las bautizó como Supermodelos.
A mediados de los años 80 la incorporación de la mujer en el mundo laboral era una realidad indiscutible. Con paciencia y estrategias sibilinas las mujeres se hicieron un merecido hueco en un escenario alejado de los fogones luchando con fiereza a pesar de su condición de posibles madres de familia. No fue hasta finales de los noventa, no obstante, cuando se consiguió conciliar la vida familiar y profesional siendo necesarias campañas publicitarias para integrar a los hombres en la asignación de tareas domésticas para equilibrar las responsabilidades familiares. En ese marco incomparable, un selecto grupo de jovenes mujeres alcanzaron el firmamento profesionalizando su belleza hasta cotas desconocidas a la fecha. Estas glamazons conquistaron portadas, pasarelas e incluso la gran pantalla durante una década se convirtieron en iconos. Fijaron los estándares de belleza originales antes de que se convirtieran en los inalcanzables extremos que pueden ser hoy.
Actualmente, Sarah Jessica Parker, Alicia Keys, SAR Leticia Ortiz, Keira Knightley, Maria Sharapova y otras muchas mujeres se han convertido en styleicons sin abandonar las obligaciones profesionales y su vida personal. Son hermosas. Son brillantes en sus profesiones. Combinan el mundo profesional y el personal sin abandonar su imagen. Son las nuevas Súpermujeres.

¿Hasta qué punto participan los hombres de la trilogía belleza-trabajo-familia? ¿Serán los hombres y mujeres de a pie las futuras imágenes protagonistas? ¿Quién decide qué imagines hay que idolatrar?

jueves, 21 de agosto de 2008

Carpe diem quam minimum credula postero

Conmocionados. Asustados. Entristecidos. Mientras en un rincón del mundo se celebraban las hazañas sin parangón de un atleta jamaicano y se lanzaban gritos de júbilo por unas medallas en natación sincronizada, un alarido ensordecía el sentimiento carpetovetónico al conocerse la devastadora suerte que tuvo el avión de Spanair con destino a Gran Canaria. Que sus creencias les amparen.

Nuevamente un destino truncado de forma inesperada. Las vidas de más de un centenar de personas sesgadas en un instante inesperadamente. Dolor. Llantos. Familiares en vilo por los afectados que han conseguido sobrevivir a un accidente de tal magnitud y cuyos efectos secundarios serán igualmente devastadores. Del mismo modo que cuando una enfermedad entra en un hogar súbitamente, arrollando cualquier rastro de serenidad existente, este desafortunado accidente derrumba nuestros pilares más recios. Nos sentimos frágiles ante situaciones que escapan a nuestro control, ante injusticias del fatuo y se subraya la importancia de las cosas más efímeras. Las miradas. Las palabras. La vida es corta nos recordamos.

¿Cómo vivir una realidad tan fugaz cuando nuestra cultura nos aboca a pensar exclusivamente en el futuro? ¿Es posible frenar la velocidad a la que transcurre nuestro presente para disfrutarlo más? ¿Cómo encontrar el rumbo en un mar de dolor tan vasto?

miércoles, 20 de agosto de 2008

Pasiones reencontradas

Una llamada, una fotografía o un olor conocido pueden hacernos viajar a los más recónditos recuerdos que albergamos en nuestra memoria. Conocidos o desconocidos, estos oasis resultan fundamentales para resguardarnos de las tediosas rutinas que pueblan nuestro día a día.

Lo cierto es que en un mundo dominado por las comunicaciones resulta aparentemente complicado aislarse del entorno. Los hombres y las mujeres de hoy temen la soledad sobrevenida, un enemigo por todos combatido. Con el resurgimiento de las grandes urbes y tras los grandes flujos migratorios que determinaron el final del siglo XX, la razón subraya la dificultad de mantenerse anacoreta viviendo en un conjunto poblacional tan vasto. Las innumerables fuentes de entretenimiento en nuestras ciudades, el abaratamiento de los vuelos y el endulzamiento de la seducción gracias a los nuevos medios han contribuyen a evitar un ostracismo no deseado reduciendo el poco tiempo para la introversión que nos permite un mercado laboral inmaduro y caprichoso. Con semejante ritmo vital no podemos más que sentirnos extenuados. Agotados. No obstante, raramente, nos sentimos saciados. ¿Conocemos nuestra verdadera voluntad?

Existen personas, recuerdos, deseos que nos llevan al silencio y a la paz interior, que nos despiertan deseos de catarsis mientras una sonrisa se dibuja en nuestros labios o una lágrima brilla en nuestros ojos. Personas que queremos, que admiramos. Deseos que anhelamos. Recuerdos de un pasado glorioso. En su escasez e intensidad reside su valor. Serán los héroes más célebres de nuestra historia vital.

¿Cómo se alimentan nuestras pasiones? ¿Dónde situar el límite en los viajes por nuestros recuerdos? ¿Debemos refrenar nuestros anhelos? ¿Puede convertirse en un edén lo que otrora fue un infierno? ¿Cómo podemos vivir pacíficamente con nosotros mismos si evitamos la introspección?

lunes, 18 de agosto de 2008

La llama olímpica

Desde hace unos días, el mundo entero vive pendiente del deporte. Se trata de una situación común para muchos, pendientes permanentmente de cualquier evento deportivo, pero en algunos casos es una sensación extrañamente atípica que se produce únicamente con las olimpiadas.

Personalmente aborrezco las retransmisiones deportivas en general; tediosas y claramente demagógicas, resultan plúmbeas para algunos de nosotros. Las olimpiadas, no obstante, despiertan un fervor desconocido en nuestros corazones que nos subleva ante injusticias sociales – como en el caso de la Milli Vanili china -, nos emociona en los derroches de superioridad deportiva – como en el caso del Huracán Bolt o del laureadísimo Michael Phelps – y nos une al sonar un himno a una bandera conocida. La verdadera llama olímpica no alumbra en el pebetero, arde en cada uno de nosotros.

Originalmente, en la cultura helénica, los Juegos Olímpicos eran unas fiestas en las que se rendía culto a los dioses del Olimpo cuyos participantes eran exclusivamente varones. Tras ser abolidos por considerarse parte de cultos paganos, se reestablecieron en 1859 celebrándose, ese año, los primeros juegos de la era moderna. En los últimos años se ha desvinculado claramente el culto a los dioses en dicha competición y se han abierto las puertas a mujeres en las competiciones y a nuevas disciplinas deportivas. Tradición y evolución.

Ensombrecidos por el drama tibetano y considerados unos de los juegos más controvertidos de la historia olímpica, los juegos de Beijing 2008 han mostrado una supremacía deportiva de algunos participantes arrancándonos suspiros y aplausos a los espectadores tras batirse marcas por doquier. La belleza de la competición deportiva nos ha emocionado. No obstante, en el transcurso de la competición uno de los preceptos más bellos se ha visto claramente violado: la Paz Olímpica. Atacada por las tropas rusas de forma inesperada, Georgia vive una realidad dantesca mientras su pequeña delegación se bate en suelo olímpico.

¿Qué clase de llama arde en el corazón de los deportistas llevándoles a batir world records con suma facilidad? ¿Qué mueve a los diferentes estados a demostrar su supremacía deportiva? ¿Se han sometido por completo las olimpiadas al mercantilismo? ¿Cómo diferenciar los estadios de un mero campo de batalla?


miércoles, 13 de agosto de 2008

Dentro del dolor que te quede algo!

A medida que uno madura, ciertas verdades universales se manifiestan de forma casi-corpórea como si un clarividente nos poseyera. Tras constatar que el supuesto profundo conocimiento que de nosotros mismos tenemos no es más que el resultado de un somero análisis superficial, la edad y la experiencia nos enfocan una realidad ulterior: nuestra capacidad de superación. Efectivamente, el ser humano es extraordinario.

Según va cayendo la arena del reloj al abandonar la edad de la inocencia, nuestras experiencias vitales se complican, se retuercen y convierten nuestro escenario en un campo minado en una batalla feroz contra un enemigo tenaz y vigoroso: los fantasmas. Al dejar de fumar la mayor dificultad reside en reconocernos capaces de superar la adicción; la muerte de un familiar deja una huella indeleble cuyas grietas creemos que nunca sanarán; en las rupturas sentimentales nuestras lágrimas dibujan surcos que se nos antojan imposibles de maquillar y alaridos imposibles de callar.

Personalmente, mi propio sendero ha tenido sus surcos. Sus baches. Sus abismos. Cuando he sentido mis piernas flaquear he tenido siempre una mirada de apoyo que ha combustionado la llama de mi fortaleza y he conseguido salir adelante. Ciertamente, nuestros familiares y amigos juegan un papel vital en forjar nuestro camino, a afianzar el paso y superar así las dificultades que se interponen en nuestro destino. Conocido o desconocido. Se hace camino al andar. A lo largo de mi corta experiencia he descubierto que podemos con todo. Con todos.


¿Cómo saber cuándo tenemos respuesta a nuestras preguntas? ¿ Es cierto que el tiempo lo cura todo o es necesario nuestro esfuerzo para cicatrizar las heridas? ¿Cómo desarmar a nuestros propios fantasmas si éstos son fruto de nuestros temores? ¿Hasta dónde es posible racionalizar?

lunes, 11 de agosto de 2008

Please don't stop the music!

Dentro del abanico de técnicas psicológicas más empleadas actualmente, siempre me llama la atención la Musicoterapia. Reconocida actualmente como disciplina sanitaria, el uso terapéutico de la música y sus varios componentes se remonta a la edad media aunque es en el Renacimiento cuando se desvela su poder psicológico de la mano de Joannes Tinctoris, en su tratado Efectum Musicae.

Influenciados por un entorno cada día más exigente, los jóvenes de hoy nos sentimos más inestables de lo que jamás reconocieron nuestros predecesores. La búsqueda de una carrera profesional estelar se yuxtapone con la ansiada pareja ideal y el inalcanzable cuerpo perfecto. El efecto final es una sensación de desasosiego por una permanente insatisfacción y un inconformismo vital cuyo desenlace se lubrica con nuestras ácidas lágrimas de inmadurez mientras la sonrisa se desdibuja en una mueca. El agotamiento resultante en ese escenario impide que nos cuestionemos realidades en el plano intelectual puesto que el mundanal ruido ensordece las melodías celestiales.

Preparamos con ahínco listas de reproducción para nuestras cenas con amigos; en la cama, los suspiros siguen un compás cuya melodía está predeterminada y nuestros presurosos andares coinciden con el ritmo que emiten nuestros cascos. Ahogamos el dolor de una pérdida con grandes divas. Celebramos jubilosos nuestros logros como junkies. Hoy la música se ha integrado en nuestro lego vital cual pilar decimonónico.

¿Seremos capaces de regir nuestro particular navío ante un mar tan bravo? ¿Es la búsqueda de nuestra banda sonora perfecta parte de esta pesadilla vital? ¿Existe una música curativa ‘genérica’ o existen contraindicaciones? ¿Hasta qué punto puede la música dominar nuestro estado anímico? ¿Cómo ganar la cruzada contra uno mismo?

jueves, 7 de agosto de 2008

La Red

Cantaba la sevillana del adiós que "algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Lo cierto es que la distancia que nos separa de nuestros seres queridos nos entristece enormemente sea cual sea el motivo de la misma. Sentimos una pérdida que no se ha realizado. Lloramos por una infranqueable distancia quebrantable fácilmente por tierra, mar, aire e internet. Lamentamos la separación como si de un destino funesto se tratara aún cuando supone una clara oportunidad para los nuestros.

Marcel Proust escribía que las relaciones interpersonales son hilos transparentes que se interconectan generando una red. Ciertamente, nuestras amistades se asimilan a nuestra familia. Se trata de una nueva estirpe resultante de un proceso de selección natural entre las distintas personas cuyos caminos se entrecruzan con el nuestro. Mientras que la familia natural viene impuesta por los genes y en el mejor de los casos el cariño, la familia electa se basa en la amistad y la confianza. En algunas ocasiones, la intensidad de la relación con nuestras amistades supera ampliamente el cariño que podemos sentir por algunos familiares estrechando aún más los longevos lazos que nos unen a unos y diluyendo el resto. Un solo pensamiento basta para evocar nuestros recuerdos y ahuyentar los fantasmas que nos amedrentan. Una lágrima alcanza para rebosar nuestros sentimientos y una carcajada es un elixir. Podemos padecer su dolor y sentir su felicidad en nuestras entrañas mientras se gesta la relación.

Cuando rompemos una relación de pareja, de amistad o familiar cuyo vigor nos ha encogido el estómago en algún momento, se genera un abismo entre nosotros que nos separa con tal fiereza que se llega a manifestar físicamente. Somatizamos el dolor y el luto de una pérdida.

¿Nos hemos convertido los hombres y mujeres de hoy en auténticos drama queens? ¿En qué debe medirse la distancia entre dos personas? ¿Podemos sentir cerca a nuestros allegados cuando éstos se encuentran geográficamente lejos? ¿Cómo podemos combatir la nostalgia?

viernes, 1 de agosto de 2008

En buena forma...

Éxodo del trabajo tras una intensa jornada laboral. Después de infinitos semáforos y crispantes retenciones, nos dirigimos al gimnasio. Mancuernas para muscular, la cinta para alcanzar la deseada cintura de avispa y una interminable ristra de abdominales para el ansiado six-pack; nada, nada es suficiente para mejorar nuestra forma aunque no mejoremos en modo alguno el contenido en lo que atañe a nuestra imagen. Cuando vamos a un restaurante, valoramos el servicio prestado tanto o más que el ágape degustado; en los hoteles, disfrutamos de algo más que el somier y el colchón. En esta era en que coexistimos la forma tiene su peso. La forma sí importa.

Lo cierto es que desde los orígenes de la vida la forma ha sido una parte indivisible del todo si bien en algunos casos ha sido desterrada al ostracismo bajo la premisa de que lo importante es el contenido, la materia prima, el tiempo. Me pregunto si estamos dispuestos a asumir las consecuencias.

La importancia de la forma no se limita a la prestación de un servicio, al envoltorio o a la belleza de un cuerpo. Una de las grandes abandonadas es la forma en la lengua. En este mundo sodomizado por las nuevas tecnologías, la belleza de la comunicación ha visto su cabal importancia devaluada. Los neologismos han enterrado a sus predecesores en el cajón del olvido y las abreviaciones han ganado la estresante contrarreloj comunicativa. En este sentido, el canal también ha visto mermada su importancia. Hemos asistido a una auténtica revolución en la que la tradicional conversación tête à tête se ha visto arrasada por el mensaje de texto y las cartas perfumadas de cuidada caligrafía han dado paso al e-mail. Videoconferencias, bureaufaxes, e-mails de amor, poemas en sms son solo algunos de los ejemplos más comunes del paso de un Atila que dirige a unos implacables bits hacia un imperio incierto. La última gran aberración: las rupturas por mensaje. Donde reinaba el aplomo y la ternura hoy acampan libremente la desidia y la displicencia.

¿Hasta qué punto es importante la forma? ¿Hemos asistido al fin del romanticismo o estamos en los albores de nuevas formas de expresión aún incomprendidas? ¿Puede un bonito frasco mitigar el impacto de una esencia hedionda? ¿El fin justifica los medios?